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Mostrando las entradas de abril, 2007

Para un nómada

Vienes del sol, y cuando me tocas siento que exprimes un poco mi poca dulzura. No te conozco, y parece que mirase los ojos más grandes, llenos de silencios, de risas, de arrugas y esquinas: si me besas, me quemas, me haces recordar que hay tanto que no sé de ti, de tus calaveras bailarinas. Te extraño sin tenerte nunca, quiero que me abraces, que intentes desnudarme otra vez, otra vez sin resistencia. Extraño tus manos con las mías, que las pongas en mi cara, extraño morderlas, y a tu boca. No te conozco (extraño), no sé a qué juegas con abrazos largos de latidos comprometedores, pero te beso las manos en este silencio, y me sonrojo en los cristales de tus ojos, en las tertulias susurradas al oído, en aquel balcón lluvias de nuestro siempre mojado mes.

3er Intento (un cuento trágico de todos los días)

Una mujer delgada de unos 32 años entra a su casa, aparenta haber llegado de su trabajo. Saluda a su perrito salchicha, suelta su cartera azul, y se percata que la puerta de su cuarto está semi-abierta (con la condición de obsesión compulsiva de su esposo, esto le parece muy extraño). Entra a su cuarto (como respondiendo acertijos) y sobre la “coqueta” encuentra una nota que lee; “Querida Rosita: Vivir contigo nunca fue fácil, pero estábamos enamorados y así se dio. Verte despertar por las mañanas era mi droga favorita; tu piel tan blanca y desnuda, los lunares de tus hombros, tu pelo enmarañado estrangulando tu largo cuello, tus pies buscando abrazar los míos, y la media sonrisa justo antes de abrir los ojos. Era impresionante. Sí, las mañanas eran una delicia, todo contigo al principio. Pero entonces pasó el tiempo, y nos hicimos distantes. Tus ojos devolvían reflejos vacíos, y ya no buscabas el roce de mi antebrazo. Está bien, nunca pensé que duraría para siempre, pero tampoco espe...