Pasó el año. Las madrugadas en las montañas que quedan en Caimito son de película. Todo se pone en cámara lenta. Se define cada trazo de pastizal. Casi todas las mañanas llueve, pero en año nuevo es especial. A eso de las seis y veinte, seis y treinta y cinco, empieza una llovizna: una plancha de vapor frío fumigando las montañas.
Los perros de Tiresias se estiran, bostezan aprovechando ese primer trago de agua fría para aflojarse las mandíbulas. Para ese entonces el viejo ya se está preparando el café, lleva rato despierto y se sienta, como todos los días, en el sillón del balcón, pone la radio y los perros le adornan (los seis que le quedan).
Baja la radio.
"Barrabás, te toca dormir adentro. No me fío de este chorro'e cabrones del pueblo"
Barrabás termina el bostezo, y como que asiente.
Sube la radio.
Ahí mismo, tobías, que lleva una semana media ronco empieza a ladrar, y claro, los demás siguen, como pueden. Alguien llega.
Tiresias se levanta del sillón de un tiro;
"Ajá, ¿quién ej?" Apaga la radio pal' carajo.
Marcos, un niño de ocho años con una voz finita, cagao' y medio, habla;
"Don Tiresias, es Marquitos, el de Luicho"
"¿Luicho?"
"El panadero"
"Ya. ¿Qué tu quieres?"
Traga, "Pai, le manda una libra de pan"
"¿Sobao'?"
"De agua"
"Ay coño. Dile a tu pai que a mi lo que me gusta es el sobao', que no sea tan maceta. Dame acá."
Tiresias le estira la mano.
Marcos se va acercando empujando el pastizal a la casucha, y los perros a él, lo huelen, lo rehuelen.
Le pone el pan en la mano al viejo.
Tiresias huele el pan, calentito, como que lo abraza por dentro, no dice nada, pero el pan le acuerda a Coral, así olía su mujer, que en paz descanse.
Se le inunda la nariz de ese olor a levadura caliente y por dos segundos no habla. El niño se le queda pasmao' de frente, no le pierde el ojo a los perros sarnosos.
"Hay café colao', ¿quieres?, ¿con pancito, ah?" como si por un segundo el corazón se le hubiera hecho mantequillita.
Marcos se lo piensa, salió temprano a hacer mandados y la verdad que las tripas le estaban protestando.
"Si, dale"
Tiresias entra, suelta el pan en la mesa, coge una cazuelita y sirve el colao’, sale como una brea. Arranca un pedazo de pan y se lo pone de tapa;
“ayer se acabó la mantequilla, oíste”, se mete un canto en la boca y arrastra los pies a donde el niño “toma”.
Marcos agarra la cazuela, mira el café prieto ese, prueba un chispo.
“¡está melao’!”
“Lo cuezo con agua y azúcar y lo paso por la media. Así lo hacía mi esposa, el Señor la tenga en su gloria”
Los dos mojan el pan y muerden.
“¿Y usté, no tiene hijos?”
Tose, “Hay cosas que no se preguntan.”
Vuelve a lloviznar. Mastican. Gorda se le acuesta en los pies al niño.
“Tuve dos, la parejita”
“Hmm, ¿y qué se hicieron?”
“Grandes. Se fueron a vivir con los tíos cuando murió Coral, yo no estaba pa’ criar muchachos, así es mejor”
“¿Y no vienen?”
“¿Pa’qué van a venir?” le tiró un pedazo de pan a los perros, ni se movieron. Paró la lluvia. Marcos se puso de pie.
“Yo me tengo que ir, tengo que volver a trabajar”
“Vete mijo”
Marcos puso la cazuela de café en el barandal del balcón y caminó en un mutis que parecía eterno; barrabás se levantó a medio menearle la cola. Tiresias se mecía en el sillón.
“Vuelvo” gritó Marcos, casi desapareciendo del camino.
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