Después de doce tragos, Marta había decidido que el león del circo le estaba pidiendo ayuda y necesitaba ser liberado. Jenaro el león, la miraba de reojo mientras continuaba lamiendo su pata, tratando desesperadamente de aliviar el calor infernal de las cuatro de la tarde en Cayey.
Marta se puso de pie, y chocando con sus propios zapatos dio tres pasos hasta agarrarse de una mesa. Jenaro detuvo su baño por un instante para mirarla, pensando “¿qué carajos le pasa a Marta hoy? Marta comenzó un discurso de lengua pesada, contra la colonia, contra la miseria del capitalismo y su explotación a todos los seres vivos. Ella y Jenaro eran dos pájaros en la misma jaula, dos compañeros oprimidos por el mismo látigo, o algo así, no que el león o cualquier otro ser vivo pudiese descifrar sus balbuceos.
Jenaro se cansó de mirarla y continuó lamiendo su costado.
Marta soltó la mesa para dar tres pasos más, esta vez hacia la jaula, pero terminó en el piso. Con la cara en el fango, tres coños y la misma determinación, levantando un puño.
Esta vez, Jenaro se puso de pie. Hace tiempo había decidido que Marta era el humano que se comería último en el fin del mundo. Le tenía cariño, después de todo, ella le hablaba de tú a tú y le tiraba pernil entre las rejas. Había algo de ternura en la soberbia de estos animales pequeños y frágiles. Los más crueles le tenían miedo, pero Marta no, de ella recibía admiración y cucas monas. Marta comenzó a arrastrarse hacia la reja como soldado en campo de batalla. Jenaro se acercó al portón y se sentó admirando el tremendo esfuerzo de la hazaña. A este punto se moría de curiosidad por saber cómo iba a terminar la cosa. Marta alcanzó los barrotes y con las manos embarradas de fango, trepó la reja empujándose con las piernas hasta que se paró recostándose de ellas. Buscó en la argolla maestra la llave del candado, y mirando a su compañero de lucha susurró con solemnidad: “¡libertad!”. Al suelo cayó el pesado candado y sobre él Marta. El portón se abrió de par en par.
- “Sal, Jenaro, ¡eres libre!” decía Marta mientras abanicaba sus brazos magullados hasta quedarse dormida. Jenaro se acercó, frotó su nariz contra su frente con cariño, pero el olor a ron estaba muy cabrón y le quemaba las fosas. Entonces salió a ver quién lo podía ayudar, pero se distrajo mirando el atardecer que hace tanto no veía. Lo refrescó una brisa húmeda que prometía llovizna. A cierta distancia, avistó un cuerpo de agua, se paró en su orilla a abastecerse y a pensar en Marta. Los humanos y sus jaulas. Un campo tan bonito y ellos jurando que la libertad está en la huida. ¿Quién puede ser libre sin los demás? Volvió a la jaula y se acostó al lado de Marta. Al rato llegaría el carnicero con su comida. A ese se lo comería penúltimo.

Comentarios
Que triste es es la vida de ella que ahoga sus penas de esa manera. Como dice el dicho: la jaula un que sea de oro, no deja de ser jaula".