Hay cosas que he procurado no decir, querido;
por ejemplo que la muerte
se respira como orgasmo,
y que le tengo fijo debilidad
a ciertos ojos,
pieles,
y sobretodo
pesados y jugosos
lóbulos frontales.
Que se me hacen las rodillas terremotos
cuando sudan de algunos labios
palabras.
Que no tengo placer si no es pensando
en la recompensa que es
consumirles.
Y si, es verdad que
hay gente que no tiene
preferencia alguna o disciplina,
que más bien se abalanzan a su presa sin lucubración
(es el hambre).
Yo pretendo entretenerme con el corte occipital,
y embalsamarlo (si la dicha es buena),
con aceite de trufas.
Pero te cuento que te he visto callado,
como contigo, meditabundo,
y me desvela.
¡Si deberías estar brindando por las cosas que pierdes por el camino!
las que se pudrieron, ¿qué importan?
Celebra conmigo que cada trozo es fresco,
que haz logrado con la muerte, lo que tantos se niegan en vida.
Métete en la cisûra un dedal parietal, uno regordete,
¿Por qué no?
¡Ah, las opciones son infinitas!
Hay cosas que no digo,
no las permito fuera del pecho;
Por ejemplo,
el cerebelo salteado con lengua es de morir,
y por eso es que debe ser lo último en desprenderse,
como las recompensas.
¿Por qué tanta tristeza por los condenados?
Llega un punto en que hay que lavarse la cara,
ajustarse la mandíbula,
y ser honestos.
Si todos se mueren de ganas.
No te angusties,
si te fijas,
hasta para morder hay que sonreirse.
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