Habían unas catorce casas en lo que alcanzaba la vista. Divididas todas por caminos dispares, faltos de brea o cemento, sólo unas cuantas piedras enfilaban el camino y lo hacían terco de resbalarse. Había una casita tan lúgubre como las otras trece, con el techo de zinc, y las paredes hechas de tronco mal cortado. Allí vivía un viejo ciego que no se apartaba de sus siete perros sarnosos (colibrí, manchitas, tobías, tuerta, barrabás, gorda y Alejandro Montero-Sierra; este último, el más viejo, vivía dentro de la casa).
Al viejo Tiresias no le gustaban las visitas, ni muchísimo la gente en general. Lo único que le gustaba hacer era hablar con los perros, salir a las 7 de la mañana al balconcito a tomarse un café puya y pelar a los vecinos a gritos cada ves que los escuchaba murmurar. El viejo tenía un periodiquito que se había inventado; escuchaba la radio todas las tardes, (con el que también sostenía discusiones interminables) y después se sentaba escribir una circular a maquinilla, casi siempre de página y media o dos, luego iba caminando poco a poco y se las dejaba en forma de rollito a cada vecino.
Trece cartas idénticas, todas originales, y una última para los archivos personales del viejo. Algunas muchas eran amenazas de muerte, manifiestos contra el estado, y otras, invitaciones para el cumpleaños de alguno de sus perros.
"Habrá comida, juegos, premios, etc." Tiresias ya no cumplía años. Si acaso alguien llegaba a ir a su casa era para ofrecerle dinero por su propiedad, cosa que siempre terminaba con insultos, bastonazos, y si insistían lo suficiente, uno que otro mordisco de barrabás, que era el que todavía tenía dientes.
(...)
Al viejo Tiresias no le gustaban las visitas, ni muchísimo la gente en general. Lo único que le gustaba hacer era hablar con los perros, salir a las 7 de la mañana al balconcito a tomarse un café puya y pelar a los vecinos a gritos cada ves que los escuchaba murmurar. El viejo tenía un periodiquito que se había inventado; escuchaba la radio todas las tardes, (con el que también sostenía discusiones interminables) y después se sentaba escribir una circular a maquinilla, casi siempre de página y media o dos, luego iba caminando poco a poco y se las dejaba en forma de rollito a cada vecino.
Trece cartas idénticas, todas originales, y una última para los archivos personales del viejo. Algunas muchas eran amenazas de muerte, manifiestos contra el estado, y otras, invitaciones para el cumpleaños de alguno de sus perros.
"Habrá comida, juegos, premios, etc." Tiresias ya no cumplía años. Si acaso alguien llegaba a ir a su casa era para ofrecerle dinero por su propiedad, cosa que siempre terminaba con insultos, bastonazos, y si insistían lo suficiente, uno que otro mordisco de barrabás, que era el que todavía tenía dientes.
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Comentarios
nigga please...
si tines sed toma Sprite...
Antes de nada, perdona que te escriba esto como un comentario, pero es que no vi tu email en el tu blog
Soy el webmaster de publizida.es
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Muchas Gracias por tu tiempo... y disculpa si no fue la mejor manera de darme a conocer.
Un saludo.
DAVID T.
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