La mañana siguiente, Alejandro Montero y Sierra amaneció tieso al lado del colchón de Tiresias. Para darse cuenta, el ciego incrédulo golpeó varias veces el cuerpo del perro con sus pies. El perro estaba a medio mojar, la noche anterior había caido un aguacero de madre que había inundado la mitad de la casucha. Despues de aceptar que Alejandro no se levantaría a comer con los demás perros, Tiresias estuvo unos 4 minutos cagándosele en la madre al pueblo entero, y a la gente que sin merecerlo más seguía viva mientras su compañero, que lo más que había hecho en pecado había sido en su juventud morderle los tobillos a alguna vieja presentá, yacía tieso al lado de la cama. A Dios no lo iba a mencionar que ya había pasado tiempo en que se llevaban como mierda (desde la muerte de Coral, su esposa que murío de una pulmonía y ni asi se perdía las misas del pueblo). El viejo se levantó a buscar la pala y arrastró al perro por una pata, que ya no pesaba tanto. Los otros seis perros le brincaban en cima y los que no podían, igual se le metían en el medio a Tiresias, quizás creyendo que todo era un juego. Lo arrastró hasta la parte de atrás de la casa y debajo del palo de Icaquillo que le daba media sombra al espacio. Allí cabó y rodó a Alejandro, lo tapó, y le puso tres piedras medianas encima. Sin decir ni una sola palabrita caminó con lo que le quedaba de energía hacia dentro de la casa, prendió la radio y se puso a sacar el agua con la escoba. "me cago en la madre", escuchó en el fondo de la montaña un carro que se acercaba. Siguió barriendo el agua para afuera. El carro se detuvo en la entrada con una peste a gasolina.
-¿Buenas tardes?
-¿Quién jode?
-Estoy buscando al Sr. Tiresias, no estoy seguro del apellido...
-Porque no tengo, ¿qué quiere?
-Pues es que yo soy el respresentante del municipio y queríamos ofrecerle...
-Me cago en... mire Sr, a decir verda' a mi no me gustan las visitillas, yo acá estoy tranquilo y ustedes siempre me vienen a joder. ¿Por qué no concentra todas sus ayuditas en la gente estúpida que vive más arriba?
Antes que aquél pudiera contestar, Barrabás estaba enseñándole sus últimos cuatro dientes con el resto de la ganga de sarnosos que más que miedo darían asco.
Se montó en su carrito y se fué. Asi mismo, comenzó a lloviznar, suavesito, una lluvia que sonaba como polvo sobre el techo de zinc de la casa. Tiresias le sirvió comida a los perros en una cajita de cartón. Se hizo su café, arrancó un pedazo de pan sobao y se sentó en el balcón desde la mesedora. Mojaba el pan en el café y mordía. Por alguna razón no había tanta brisa como el día pasado, y eso era bueno; cerrar las ventanas era una mierda porque estaban todas mohosas y por eso se metía el agua. Se tomó un sorbo del café, la tuerta y tobías se acostaron en sus pies. Ya se estaba acabando la comida, y Tiresias odiaba ir al pueblo a buscar cosas, pero no había de otra; a nadie podía mandar a hacer favores, además, siempre le traían cuanta mierda con tal de quedarse con dinero. El palo de aguacates no estaba dando nada hace tres años. Mojo el pan, mordió, tragó. La gorda se le trepó en la falda "coño...". Tiró lo que quedaba de pan, se sacudió las manos. Se escucharon las ruedas mojadas de una bicicletita: "¡Tiresias, pato!" Se paró, frunció el ceño y la boca, tiró el resto del café para el patio de mala gana y se metió dentro de la casa a escribirle una cartita a los vecinos. (...)
-AJL
-¿Buenas tardes?
-¿Quién jode?
-Estoy buscando al Sr. Tiresias, no estoy seguro del apellido...
-Porque no tengo, ¿qué quiere?
-Pues es que yo soy el respresentante del municipio y queríamos ofrecerle...
-Me cago en... mire Sr, a decir verda' a mi no me gustan las visitillas, yo acá estoy tranquilo y ustedes siempre me vienen a joder. ¿Por qué no concentra todas sus ayuditas en la gente estúpida que vive más arriba?
Antes que aquél pudiera contestar, Barrabás estaba enseñándole sus últimos cuatro dientes con el resto de la ganga de sarnosos que más que miedo darían asco.
Se montó en su carrito y se fué. Asi mismo, comenzó a lloviznar, suavesito, una lluvia que sonaba como polvo sobre el techo de zinc de la casa. Tiresias le sirvió comida a los perros en una cajita de cartón. Se hizo su café, arrancó un pedazo de pan sobao y se sentó en el balcón desde la mesedora. Mojaba el pan en el café y mordía. Por alguna razón no había tanta brisa como el día pasado, y eso era bueno; cerrar las ventanas era una mierda porque estaban todas mohosas y por eso se metía el agua. Se tomó un sorbo del café, la tuerta y tobías se acostaron en sus pies. Ya se estaba acabando la comida, y Tiresias odiaba ir al pueblo a buscar cosas, pero no había de otra; a nadie podía mandar a hacer favores, además, siempre le traían cuanta mierda con tal de quedarse con dinero. El palo de aguacates no estaba dando nada hace tres años. Mojo el pan, mordió, tragó. La gorda se le trepó en la falda "coño...". Tiró lo que quedaba de pan, se sacudió las manos. Se escucharon las ruedas mojadas de una bicicletita: "¡Tiresias, pato!" Se paró, frunció el ceño y la boca, tiró el resto del café para el patio de mala gana y se metió dentro de la casa a escribirle una cartita a los vecinos. (...)
-AJL
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