
¿Entienden lo quebrado de una mano que señala su tristeza? ¿Saben perdonar (de verdad) a quién nunca quiso darse por entendida?
Hacía falta la distancia (y cuánta) hay cosas que no pudo evitar la soledad; El deterioro de un cuerpo en inercia, los llantos de la noche, el frío en los huesos, el agua, la ausencia de sueños, puñaladas de esófago; y faltaron los miles de ojos que hoy miran y esperan, y esperan.
¿Y los míos? Diles que nunca te faltaron los míos, ellos lo saben y se mienten por vergüenza.
Diles lo mismo que en vida, que aunque hay muy pocos que merecen tu amor, hay.
Lo siento, no me sale dibujarte frágil sin antes escribirte victoriosa, y no me sale tampoco repartir aureolas que se manchen de polvo cosmético.
Yo sé que igual que tus abrazos tú, toda, eras racionada; por eso supe no condenarte cuándo decías que deseabas la muerte;
¿Quién soy yo para exigirte más dolor?
Por eso sé que cuando acuchillo con tu lengua, sonríes, esperando la sorpresa agena.
Como tu querías, no estoy triste, abuela, aunque no puedo evitar extrañarte.
Entiendo por entero lo quebrado de tu mano al señalar, y la tengo guardada entre las cosas racionadas que me diste.
No te despido; estás en todo, en mi amor a las letras, en la dureza determinada de los ojos, en mi piel, en mi sangre, mi pelo. Entonces ya no estás sin dejar de estar, en todas aquellas cosas racionadas que no pudo evitar la soledad.
Comentarios
Carlos Esteban Cana
Saludos,