Algunos perros se enamoran de sus pulgas.
Luego les da nostalgia perderlas, intoxicadas,
y hasta les dá un poco de pena rascarse con fuerza
o morderse la piel
(por impulso).
Algunos parásitos se vuelven muy queridos, muy condecendientes al cuerpo,
y hasta muerden con más delicadeza que al principio
(y aunque muerden)
hasta muerden menos.
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