Desde ayer temprano, estuve recogiendo y limpiando cada esquinita del apartamento para lograr la mejor impresión. Escogí la ropa correcta, un vestido de flores por debajo de la rodilla (nada muy sexy, o exageradamente recatado), zapatos cerrados, no me olvidé de pintarme las uñas de un color neutral, y por supuesto, nada en la trastera y una nevera con lo esencial.
Hoy mi suegra visita nuestro apartamento, y si, estoy nerviosa.
Por lo general, el súper poder de mi suegra se manifiesta en magnificar las imperfecciones que ve. Pero ya. Ya no hay nada qué hacer, ya está subiendo por las escaleras al tercer piso, maldiciendo cada escalón, de seguro.
Sigo sentada en mi pequeño mueble de Ikea frente a la puerta de entrada, no puedo evitar repasar: los hampers, ¿llegué a vaciarlos?, la basura se sacó, el piso, la cocina, ay, sobre todo, la cocina va a ser inspeccionada, y esta señora tiene la lengua sentenciosa.
Sigo mirando la puerta, creo que escucho los pasos de mi novio Carlos, y mi suegra, afuera las risas, la niñería zalamera con la que le habla a su hijo. Me enderezo en el mueble, escucho zapateo muy cerca, deben ser ellos, amo los techos altos de los apartamentos viejos, me dan la percepción de amplitud, incluso en un espacio pequeño como el nuestro. Escucho el traqueteo de llaves, ahora es que es, siento el calentón en el pecho y el frío en los pies.
Y entonces la veo, una mancha terrible y marrón al lado de la perilla de la puerta, parece caca, la cosa más fea, ¿Porqué, carajo, porqué?! Imposible no haberme fijado hasta ahora, esa mancha, me da la impresión de que crece.
Carlos abre la cerradura, ya, no hay vuelta atrás.
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